Afuera llueve

Fotografía: Carlos Pozo

Los pasajeros han huido de la lluvia pero dentro todo está mojado, el impermeable blanco de un extranjero que inclina su cabeza para no golpearse moja las caras de quienes pasan por su lado, el paraguas chorrea gotas en el piso pero a nadie le importa porque todos están mojados.

Dentro del bus tal vez uno se siente más mojado que afuera pero sin frío, le estorba la humedad de los cuerpos encerrados en ese espacio de pocos metros que los transporta.

Miro la cara de un jovencito que arrima toda su mejilla al vidrio, tiene los ojos sonrientes, no creo que disfrute sentir la maleta de una estudiante clavada en su espalda, pero tal vez le alegra mirar la lluvia desde adentro.

A una señora le ha dado por secar su cabello con un pañuelo azul y a una niñita por interrumpir el silencio con que viajan los mojados con alaridos y llanto. Su mamá a entendido que los pasajeros no soportaran mucho aquel ruido y ha decidido bajar del bus. Otra vez la imagen de desconocidos mojados intentando no empujarse demasiado para no chocar con la humedad de otros cuerpo vuelve a estar en silencio.

Es una imagen gris que descubre la tristeza que esconde el mundo y que no deja de ocultarse cuando afuera llueve y adentro todos están mojados.

Desde la ventana

Fotografía: Carlos Pozo

Cuando ese bus de madera paso junto a mi ventana deteste el aire acondicionado, ese aire artificial que no me permitía sentir la diferencia entre Quito y Quinindé, quise ser parte de esa imagen que congeló en mi mente como un extraño recuerdo que al ver está fotografía se aclara.

El encuentro fue rápido, apenas unos segundos, pero el resto de mi viaje imagine el rostro de los pasajeros de ese transporte que les permitía ver el mundo sin un vidrio de por medio.

Tal vez si hubiese estado en su lugar me hubiese quejado del calor y la lentitud del movimiento de ese carro, describiría el dolor en la espalda por estar sentada por tanto tiempo en asientos de madera, pero cuando en mi escritorio miró esta fotografía me empeño en crear con mi mente el destino al que cada uno de ellos llegaría, un destino que por alguna razón quisiera conocer.

Las historias van más allá, se desarrollan brevemente en ese carro, pero llegan a un lugar y el llegar sentado con la cabeza arrimada a la madera, golpeando con los dedos el asiento de adelante y compartiendo el espacio con un extraño le dan a esa historia un matiz diferente.

Entiendo que ese transporte es la representación de un mundo distinto, no sólo una realidad, un mundo distinto al mío.

Perdí un zapato!!!

Me gustaba regresar de la escuela de la mano de mi abuelo. No era de las niñas que se sueltan la mano para sentirse grandes, me sentía muy bien siendo una niña y hasta hoy prefiero sentirme menos grande de lo que soy.

Mi abuelo caminaba a mi ritmo, cuando alguien pasaba a mi lado, él me acercaba a su largo abrigo gris colocando su mano en mi espalda. Llegábamos a la tienda y me compraba un rico helado de mora con la promesa de que no le cuente nada a mamá. Me gustaría recordar sus palabras durante esos minutos de caminata pero lo único que recuerdo con claridad es la seguridad que sentía tomada de su mano y mirando desde mis 60 centímetros de altura su sonrisa y su sombrero negro.

Cuando nos mudamos de casa y mi edad era la adecuada para regresar sola de la escuela, se remplazaron las caminatas por un bus. Apenas y lograba sostenerme en medio de tanta gente, el peso de mi maleta me inclinaba hacia atrás y los frenazos del bus hacia adelante, alzaba la cabeza y no veía más que caras desconocidas con el entrecejo fruncido, añoraba el momento de bajar pero cuando llegaba sentía miedo debido a la multitud de cuerpos que tenía que atravesar antes de llegar a la puerta.
En una de las tantas salidas, recorrí el bus sujetando mi mochila, jaloneando la ropa de las personas y cuando podía impulsándome de los asientos.

¿Recuerdas cuándo tomabas el bus siendo un pequeño niño? estás cansado de un día de clases, tienes hambre, la maleta se siente enorme apoyada en tu espalda, y por primera vez quieres ser adulto para poder salir del bus sin tanto maltrato.

Ese día mi zapato blanco de educación física se quedó entre los pies de los adultos, no regrese, por un instante dude en hacerlo pero el bus no esperaría y se pasaría de mi parada, continúe caminando con mi pie descalzo y cuando baje del bus respira aliviada.

Cuando en casa preguntaron que pasó sólo respondí "perdí un zapato en el bus, quiero que papito Julín vaya a verme en la escuela otra vez y todos los días".

Documentos

“Señores pasajeros revisen sus documentos por favor” (silencio) “Señores pasajeros tengan la bondad de revisar que sus documentos estén en orden” (silencio) (risa muy bajita de unos cuantos pasajeros) la voz que pedía abrir maletas, meter manos a los bolsillos, indagar en una caótica cartera pera revisar documentos era la del conductor de un ecovia que ayudado de un microfono y de unos parlantes adecuados al sistema de esta transporte causó intriga en los señores y señoras pasajer@s.

Lo que en muchos fue motivo de risa y en otros cara de asombro mi imaginación lo transformó en una escena vivida por muchos en la Alemania nazi. No se por qué pensé que en la siguiente parada entrarían desordenadamente un grupo oficiales a revisar nuestros documentos. Tal vez nos hagan salir con la cédula en la mano y a quienes no la tienen los detengan. Pero ¿para qué?. Yo tenía mi cédula y nada que temer, pero imagine el miedo que los judíos sentían cada vez que el tren o el autobús paraba.

“Parada La Paz”, “Señores pasajeros ¿revisaron sus documentos? ¿todo en regla?” aquella voz interrumpió mis pensamientos, “Muy bien quienes se quedan en está parada tenga la bondad de salir” “cuidado con las puertas”. Con caras de asombro y sonrisa en los rostros los pasajeros bajaban ordenadamente preguntándose igual que yo ¿qué le ocurrió al conductor? ¿¿¿¿?????

Lunes otra vez

Los ojos me arden, estoy cansada, pero no cansada con ganas de dormir, estoy cansada con ganas de no despertar, de no despertar para tener que pasar ocho horas frente a este computador. Hoy mientras venía imaginaba que el ecovia se desviaba, que al bajar no llegaría a la misma calle, que me esperaba un lago donde sumergía mis pies sin miedo ahogarme. Falta media hora para salir y tampoco me complace saber que me espera después de cuatro cuadras un ecovia lleno de gente que no conozco, que no le importa clavarme un codo para poder pasar o empujarme bruscamente para poder llegar a la puerta, es lunes, después de dos días de no ser esclava del tiempo y de poder hacer lo que cada minuto me pide es difícil volver a la rutina, es el pesimismo del lunes.

Un nuevo significado para el verde


Después algún tiempo de dejarme llevar por la comodidad de un automóvil vuelvo nuevamente al bus. No tuve que planear en mi mente el camino más seguro y corto para llegar al Terminal Quitumbe ya que lo conozco de memoria; y aunque he escuchado infinidad de sugerencias de cómo llegar más rápido decidí tomar un libro del dramaturgo Marcos Rosenzvaig y disfrutar de mi viaje acompañada de su obra.

En el trole no preste atención a ningún pasajero, no me desespere por llegar, concentre mi mente en mi lectura y así el cruzar Quito se hizo más corto... la historia de Hassan y Ada salvo lo que casi siempre es un tormento.

Camine por breves minutos con mi libro en la mano por el Terminal Quitumbe hasta llegar al bus interprovincial que me llevaría a Ambato, en la puerta del bus me recibió una muy conocida voz que desde que dijo: que si no cambian las condiciones en el fideicomiso a partir de junio se empezará la explotación del Yasuní ITT, dejó de ser de mi agrado (no es que antes lo era al cien por ciento).

Cuando me acomode en mi asiento me resigne a detener mi lectura por el alto volumen de la televisión y los aplausos de algunos pasajeros, “tranquila” me dije, “máximo hasta Tambillo durará la señal y no tendrás que escuchar la larga cadena sabatina”.

En ese momento sentí la palma de una mano sobre mi hombro “vamos compañerita, muy bien apoyando la revolución”, obviamente no respondí con una sonrisa, más bien puse cara de asombro, pero enseguida me di cuenta que el culpable de esta confusión fue mi compañero de viaje con pasta verde que descansaba sobre mi rodilla.

El resto del viaje escuche entre los pasajeros dos posiciones distintas aquellos ambateños que viajan con las ganas de volver a su ciudad y otros llenos de color verde que por infinidad de razones asistirían a los festejos del presidente.

Cuando baje del bus tuve que caminar como quince minutos para poder encontrarme con mi papá pues fue imposible llegar hasta el Terminal de Ambato, lo primero que mi padre vio fue mi libro color verde “están llenando las calles con propagandas del Gobierno no”, ¿acaso ahora todo lo verde, hasta mi inocente libro, tiene que ver con Alianza País?

Nuestra pequeña aventura


La imagen de una familia compartiendo dos asientos de un bus viene a mi mente, me produce melancolía y a la vez agradecimiento por haber podido vivir esos momentos. Los lujos no fueron parte de mi niñez esos llegaron con el tiempo, un auto no nos hizo falta y durante años la rutina de tomar el bus juntos era todo una aventura.

Recuerdo las miradas entre mi hermana y yo, miradas de complicidad para repartirnos el primer premio: ir sentadas en la pierna de papá, ahí nos sentíamos seguras y el no ganar ese privilegio nos llevaba hasta la ventana lugar donde imaginábamos cómo sería nuestra vida al crecer, durante esos momentos me fue imposible imaginar el día en que ya no estuviéramos juntos.

Las canciones solían ser parte del viaje, en cada parada, como si el extraño que acababa de subir interrumpiera nuestra privacidad, hacíamos silencio, al sentir el movimiento del bus volvíamos a reír, a cantar y bailar para los ojos de mamá y papá.

La impaciencia nos invadía y empezaban las preguntas “¿ya llegamos?”, la respuesta dependía del ánimo de papá y aveces era un seco “falta poco”, mamá respondía con un abrazo y un beso en la frente, pero la mejor de todas era cuando papá respondía con el inicio de un cuento, sabíamos que segundos antes de bajar del bus él diría la palabra fin.

Durante el corto viaje yo miraba a todas las personas del bus, dejaba por un momento el espacio que creábamos para nosotros e imaginaba breves historias para cada uno de los pasajeros, pero cuando papá empezaba el cuento el bus era sólo para nosotros, lo miraba con atención y recreaba en mi mente cada una de sus palabras, me molestaban las interrupciones de esa pequeña niña de ondulado pelo negro, mi hermana no podía atender sin preguntar, sin reír y hacer bromas, pero esas interrupciones hacían especial la historia.

El bus no siempre nos reservaba dos asientos, cuando eso sucedía sujetaba fuertemente la mano de mamá para no caerme, cuando estaba cansada ella me permitía posar mi cabeza en su estomago y yo sentía el ir y venir del bus con total tranquilidad. Mi hermana me miraba feliz sentada en los zapatos de papá, cantaba bajito para que solo nosotros podamos escucharla.

Los primeros viajes en bus de mi hermano menor nos permitían observarlo, recuerdo que en silencio contemplábamos su sueño deseando que habrá sus ojos para poder compartir con él nuestra pequeña aventura.

Les Adoro, gracias por ser parte de los más sencillos y mejores instantes de mi vida.