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“No perturbe a los pasajeros con su música”

Tengo derecho a no escuchar tu música, te relaja a ti pero a mi no me permite leer, deberías utilizar audífonos y no obligarnos a relajar a todos los pasajeros con tu reguetón, si no tienes audífonos apaga el celular. ¡Señoras y señores pasajeros, a cuántos más les molesta la música del joven!, lo ves no soy la única, debe importarte el importunar la paz del otro. “Sí que apague ese aparato”, “bullicioso, irrespetuoso, apágalo”, “respete señor y apague su música” “no queremos escuchar tú bulla”.

No soy la protagonista de esta historia, pero me hubiese gustado serlo, en esta escena no fui más que un extra que con voz calmada dijo: “respete señor y apague su música”. Pero internamente estaba encendida, quería abrazar a la joven que protestó a favor de nuestros oídos, quería aplaudirla, formar una multitud para alzarla en hombros y pasearla por los corredores del Ecovia. ¡Gracias, gracias pequeña joven vestida con mallas negras! Sartre necesita ser leído en silencio, tú lectura debía ser respetada, después de tu heroico reclamo puedo leer a Sartre sin perturbación.

Es intolerable tener que escuchar la música, sin importar el género, de quien cree tener el derecho de imponer su música en el transporte público. Lo hacen sin vergüenza, sólo lo encienden, ponen el volumen al máximo y cantan a viva voz. Gracias a ello deberemos aumentar un aviso en los buses: “prohibido fumar”, “no hable con el conductor”, “no arrogue basura por la venta”, “utilice audífonos si quiere escuchar música de un aparato electrónico”, “no perturbe a los pasajeros con su música”.

¿Los caballeros aun existen?


Ocho de la mañana, descripción de la escena: caos en el Trole, personajes: mujeres paradas, señora de 55 años con dos bolsas en las manos, estudiante de arquitectura con maleta, tablero de dibujo, un porta planos y materiales en una bolsa; señora viajera con una inmensa maleta entre las piernas un bolso y una funda de pan; niña de 11 años, sola, aplastada, tal vez asustada; anciana con chal azul aferrada al tubo del bus;  y yo con un insoportable cólico, pálida, con una maleta en la espalda, mi abrigo, un libro y mi bufanda. Situación de los asientos: todos ocupados, dos columnas completas, ocho asientos en total habitados por “caballeros” reclinados cómodamente y sin intensiones de levantarse.

Antes de que mis amigas feministas aclamen con razón ante el hecho de que las mujeres somos fuertes y podemos tolerar viajar paradas y aplastadas en el Trole, debo decir que mi crítica no es esa, mi crítica va dirigida a los hombres cómodos que no sienten respeto ni la necesidad de ceder el puesto a una mujer que lo necesita por la cantidad de artículos que la acompañan o porque, independientemente de su género, su edad no le permite soportar el maltrato de este tipo de transporte.

Además, debo resaltar que si estos ocho caballeros hubiesen cedido su asiento no tendrían que soportar al hombre con abrigo gris que se acercaba a las pasajeras de forma demasiado amigable, o al “señor” que susurraba a mi oído “preciosa, estás preciosa” y que recibió un codazo en el pecho para que vaya a susurrar a otro lado.

Siento tener que decir adiós a los viajes románticos en bus de novios enamorados, a las aventuras de una hija adulta junto a su padre al viajar en este transporte, pero pido  que en esta ciudad se creen líneas de transporte exclusivas para hombres y para mujeres, al igual que en México y en Brasil. Estoy segura que las mujeres seriamos más solidarias entre nosotras, y no nos importaría dejar de un lado la comodidad de viajar sentadas.